LA TEOLOGÍA DE LA HISTORIA EN LA PERSPECTIVA DEL VATICANO II

1. Leer atentamente el siguiente fragmento

1. La religión es el opio del pueblo.

…La crítica de la religión es la condición primera de toda crítica. El hombre que en la realidad fantástica del cielo, en el que ha buscado a un superhombre, no ha encontrado más que el reflejo de sí mismo, no estará más tentado que encontrar su propia apariencia, el hombre inhumano, allí, donde, fresca y llanamente, debe buscar su realidad verdadera. …El fundamento de la crítica religiosa es: el hombre hace la religión, y no ya, la religión hace al hombre. Y, verdaderamente, la religión es la conciencia y el sentimiento que de sí posee el hombre, el cual aún no alcanzó al dominio de sí mismo o lo ha perdido ahora. Pero el hombre no es algo abstracto, no es un ser fuera del mundo. Quien dice: “el hombre”, dice el mundo del hombre, el estado, la sociedad.

Este Estado, esta sociedad, producen la religión que es una conciencia absurda del mundo, porque son un mundo absurdo. La religión es la teoría general de este mundo, su resumen enciclopédico, su lógica en forma popular, su “point d’honneur” espíritualista, su exaltación, su sanción moral, su solemne complemento, su consuelo y justificación universal. Es la realización fantástica del ser humano, porque el ser humano no tiene una verdadera realidad. La lucha contra la religión es, pues, directamente, la lucha contra aquel mundo, cuyo aroma espiritual es la religión.

La miseria religiosa es, a un tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo, es la condición para su felicidad real. El estímulo para disipar las ilusiones de la propia condición, es el impulso a eliminar un estado que tiene necesidad de ilusiones. La crítica de la religión, por lo tanto, significa, en germen, la crítica del valle de lágrimas, del cual la religión es la aureola.

La crítica ha arrancado las flores imaginarías que ocultaban la cadena, no para que el hombre arrastre cadenas desprovistas de todo ensueño y consuelo, sino para que las rechace y recoja la flor viviente. La crítica de la religión desengaña al hombre, el cual piensa, obra, compone su propia realidad, como si hubiera perdido sus ilusiones, que ha abierto los ojos de la mente, que se mueve en torno de sí mismo, o sea en torno de su sol real. La religión no es más que, el sol ilusorio que gira alrededor del hombre, en tanto que éste se mueva en torno de sí mismo.

La tarea de la historia, por lo tanto, es establecer la verdad del aquí, después de haberse disipado la verdad del allá. Antes de todo, el deber de la filosofía, que está al servicio de la historia, consiste en desenmascarar la aniquilación de la persona humana en su aspecto profano, luego de haber sido desenmascarada la forma sagrada de la negación de la persona humana. La crítica del cielo se transforma, así, en la crítica de la tierra; la crítica de la religión en la crítica del derecho; la crítica de la teología en la crítica de la política.

FUENTE: Marx: “Contribution a la critique de la philosophie du drolt de Hegel” (1844). Oeuvres philosophiques, t. I, págs. 83, 84, 85. Costes, 1924.

2. Teniendo en cuenta lo anterior, a partir de la lectura hecha del documento del Concilio Vaticano II «Gaudium et Spes» y de otros textos leídos para la asignatura, argumente de forma crítica una respuesta a esa declaración de Marx donde tilda de opio la religión. ¿En qué medida, desde las pautas del CVII la religión cristiana no es un opio para la humanidad?

DESARROLLO

Para Marx  la religión: es el opio del pueblo. La religión es una conciencia absurda del mundo, porque adormece, somete y aliena  a los seres humanos y no los deja ver la realidad concreta. Las personas ponen sus esperanzas en Dios para evadir la realidad en que viven. Por consiguiente, la religión no es más que, el sol ilusorio que gira alrededor del hombre, es una realidad fantástica del cielo, en el que el ser humano ha buscado a un superhombre y no ha encontrado más que el reflejo de sí mismo.

Ahora bien, la constitución pastoral Gaudium et Spes[1] de cierta manera,  defiende que “la religión no es un opio” porque  “la Iglesia escruta a fondo los signos de los tiempos y los interpreta a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, responde a los interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas” (GS Nº 4). Esto quiere decir, que la Iglesia y la religión, no son ajenas a la realidad vivida por la sociedad. Por lo tanto, afronta de manera responsable y decidida las situaciones del mundo y no solamente de forma racional sino que obra según la necesidad concreta de la persona. Una prueba de ello son las diferentes obras realizadas por  la Iglesia en favor de  la humanidad, unas de ellas son: la evangelización, la educación, creación de obras sociales que benefician a mucha gente, etc.

Si el problema fuese la religión, la Iglesia o Dios, ¿cómo podríamos garantizar, que dejando de creer en Dios o de pertenecer a una religión se iban a solucionar muchos problemas? “Nunca antes, el hombre había tenido tanto poder en la sociedad como hoy: Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica” (GS Nº 4). El problema no es la religión…El mundo está sometido a grandes cambios, transformaciones a nivel social, político, económico, religioso, técnico, cultural, etc. Todo esto permite al ser humano estar ligado  a las estructuras que se han creado a lo largo de la historia,  por consiguiente, no pueden salir de ella de una forma plena.

 Posteriormente, queremos tener presente la existencia de un Dios que se hace humano y que interviene en la realidad humana a través de la historia de una manera concreta. Por esta razón citamos a Oscar Cullmann, cuando se refiere a la historia de la salvación: “la historia del mundo, por un lado, sirve de trasfondo  a la historia de salvación, pero, por otro, se sitúa en el horizonte de la historia de salvación, en cuanto que Cristo, como Señor del tiempo, es el centro de toda realidad temporal y posee la capacidad de irradiar sobre la totalidad de la historia”[2]

La Iglesia y la religión cristiana deducen, que Dios se manifiesta a través de Jesús, en una persona hábil  dando respuesta a una situación desfavorable para acoger al pueblo oprimido y abandonado, por los poderes representativos de la sociedad de su tiempo (instituciones religiosas y políticas). De esta manera entendemos a Dios demostrando su manera de obrar en la historia por medio de acciones humanas y hechos concretos. Por lo tanto, tenemos un Dios que no se queda en lo abstracto y al margen de las necesidades materiales y espirituales del hombre. Es un Dios totalmente liberador a lo largo de la historia y el “hombre no está aislado de su conciencia religiosa porque se siente necesitado de salvación”.[3]

Retomando las palabras de O. Cullmann “el nexo teológico concreto entre historia de salvación e historia radica en que la historia de la salvación, por su íntima esencia, descansa ciertamente sobre el principio de la elección, de la reducción de la línea sutilísima; pero precisamente esta elección y esta reducción se producen para la redención de toda la humanidad, y por eso, en último análisis, lleva a toda la historia a insertarse en esta línea; en otras palabras a insertar la historia profana en la historia de la salvación”.[4] Dios acoge y acompaña al hombre a través de la historia y no es su deseo amarrarlo ni obligarlo  a su seguimiento. Es una opción libre donde el hombre es quien decide.

Sin embargo, “ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (GS Nº 10). Según lo mencionado en este párrafo, no es precisamente el marxismo, el liberalismo, el comunismo, el ateísmo, el socialismo, el capitalismo, etc., los que van a dar respuesta a estos interrogantes que inquietan al hombre en nuestro contexto actual.

Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época (GS Nº 10)

Es importante determinar, la acción de la Iglesia representada por muchos hombres y mujeres, laicos y religiosos, esforzándose para dar respuesta en varios campos a las necesidades básicas y elementales de la humanidad. “Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, al contrario, les impone como deber el hacerlo” (GS Nº 34).

Finalmente nos apoyamos en lo dicho por E. Schillbeeckx quien afirma: “el significado religioso de una acción humana consiente, liberadora, salvadora y que funda comunicación. La interpretación creyente quiere aclarar lo que significa hablar en términos de promesa divinas de salvación sobre nuestro mundo y nuestra sociedad cotidianos y profanos, en la me medida en que ahí los hombres son liberados y son ellos mismos: liberados de sí mismos a fin de ser luz para los demás”[5]. De esta manera concluimos de forma categórica que ni Dios, ni la religión, ni la Iglesia se constituyen en opio para el pueblo porque “la creatura sin el creador desaparece” (GS Nº 36).

Realizado por:

Samuel  Alexander Torres Contreras 

Mario Alonso Ceballos Cartagena 


[1] Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes. San pablo, Bogotá-Colombia 1993. Pág. 136-142. 160-164.

[2] GOBELLINI, Rosino. La teología del siglo XX. Sal Tarrae, Italia 1993.  Pág. 274

[3] DARLAP, Adolf. Mysterium Salutis. Tomo I. Madrid: ediciones Cristiandad. Pág. 60

[4] Ibíd. Pág. 275

[5] SCHILLBEECKX, Edward. Los hombres relatos de Dios. Salamanca: ediciones sígueme, 1990.  Pág. 35-36.

Advertisements

LA IMPORTANCIA DE LA MUJER A LO LARGO DE LA HISTORIA

toda_mujer_es_bella_2-other

Estamos convencidos que la mujer constituye la base fundamental de todas las sociedades a lo largo de la historia. Sin embargo, no se le ha dado la importancia que el género femenino merece. La cultura machista y paternalista que ha existido, de cierta manera, ha opacado la participación de la mujer en diferentes ámbitos. Por eso, queremos replantear el imaginario construido a lo largo de los siglos, que afecta a la mujer en la sociedad actual. De esta manera citaremos algunos de esos momentos cruciales, donde las mujeres han tomado la batuta  liderando cargos importantes y determinantes dentro de la sociedad…

“Dijo Dios: hagamos al ser humano a nuestra imagen, creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó…” (Gén. 1, 26-27)

Sin duda alguna, este texto bíblico deja demostrado que desde el principio el hombre y la mujer son iguales ante la presencia de Dios. Por tal razón, ambos tienen el mismo componente humano  que les permite desarrollar habilidades y capacidades similares e iguales. Entonces, el valor que Dios da a la mujer es el mismo que dio al hombre, ¿Qué estamos entendiendo por valorar? Reconocer sus cualidades, sus potenciales, sus talentos, apreciar su importancia, dignificar, reconocer el valor, no despreciar, ni subestimar, no rebajar, no disminuir, no reducir. Haciendo referencia a la mujer, en este ambiente y contexto bíblico, queremos resaltar su importancia en la persona de María, la madre de Jesús de Nazaret.

 “Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28).

De esta manera podemos decir sin temor a equivocarnos: que Dios le da un puesto y lugar central a la mujer; Dios la hace partícipe de su obra salvífica al igual que al hombre. El acto de fe de María nos recuerda la fe de Abraham, que al comienzo de la Nueva Alianza creyó en Dios, y se convirtió así en padre de una descendencia numerosa (Gén 15, 6; Redemptoris Mater, 14). Al comienzo de la Nueva Alianza también María, con su fe ejerce un influjo decisivo en la realización del misterio de la encarnación, inicio y síntesis de toda la misión redentora de Jesús.

La estrecha relación entre fe y salvación, que Jesús puso de relieve durante su vida pública (Mc 5, 34; 10, 52; etc) nos ayuda a comprender también el papel fundamental que la fe de María ha desempeñado en la salvación del género humano.

Determinamos que la historia es muy importante, porque somos herederos de un pasado que nos ha marcado, especialmente en lo que tiene que ver respecto a la mujer. Por consiguiente, vamos a enunciar algunos hechos relevantes donde las mujeres han sobresalido, evidenciando que su presencia e importancia es esencial. Ellas son:

Boudica  en el año 43 fue la mujer que  logró  conseguir la organización de todas las tribus británicas y vecinas, para que se levantaran en contra de la opresión, manteniendo una dura lucha a lo largo de  los años 60 y 61 contra el imperio entonces dirigido por Nerón. También tenemos a Juana de Arco (1412-1431), que a sus 17 años convenció al rey Carlos VII de expulsar a los ingleses de Francia. Esta mujer lideró varias revueltas, logrando salir vencedora especialmente en la batalla de Orleans y finalmente muere en manos del clero, acusada por herejía. Ahora diremos algo sobre Mary Wollstonecraft (1759-1797), ella fue una escritura e ilustre filosofa inglesa, que en su libro  “la reivindicación de los derechos de la mujer”, en el cual argumentaba y exigía, que las mujeres no son inferiores por naturaleza,[1] sino que es la falta  de medios y el no acceso a una  educación apropiada lo que genera esta diferencia, entre hombres y mujeres.[2]

Hablando de mujeres excepcionales, traemos a la memoria a Ada Lovelace (1815-1852), es conocida por haber sido pionera en el campo de la programación y computación. Fue la única mujer capaz de prever que la capacidad de las computadoras podría ir más allá de los cálculos numéricos. Recordamos la valentía de Florence Nightingale (1820 -1910) que sirvió en la guerra de Crimea en el campo de la enfermería moderna, defendía la necesidad de un entorno saludable y limpio para los pacientes. Otra mujer insigne a lo largo de la historia fue Marie Curie (1867-1934), que se destacó en química y física. Ella era  polaca y pionera en el ámbito de la radioactividad. Además pasó a la  historia por ganar dos premios Nobel y por convertirse en la primera mujer profesora de Paris.  Finalmente hacemos referencia a una mujer que jamás vamos a olvidar: La Madre Teresa de Calcuta (1910-1997), que desgastó toda su vida al servicio de los más necesitados.[3]

Todas las mujeres mencionadas anteriormente, han desempeñado labores que fueron decisivas en momentos claves para la sociedad. Además se constituyen en ejemplo de vida no solo para su género femenino, sino también para el género masculino. Muchas mujeres a  lo largo de la historia  han tomado el liderazgo a nivel social, político, económico, filosófico, económico, tecnológico, científico, histórico, etc. Por eso,  actualmente la mujer ha asumido con mayor radicalidad su papel en la historia y se le ha dado participación en todos los ambientes sociales, aunque nos falta revisar la visión negativa que aún tenemos de la mujer.

En la Pacem in terris (1963) Juan Pablo II declaraba que la participación de la mujer en la vida pública y la exigencia del reconocimiento de sus derechos y deberes, tanto en la familia como en la sociedad, era una de las características del desarrollo civil de nuestra época; otorgaba así a este fenómeno una importancia semejante a la que tiene la promoción de la clase trabajadora  y la emancipación de los pueblos (N° 39-45). Cada vez la mujer va adquiriendo conciencia de su situación injusta y opresiva, que aún perdura y de la necesidad de verdadera liberación.[4] Entonces, las mujeres han pasado de una vida oculta, sin reconocimiento y sumisión; a un nivel público  donde tienen igualdad, libertad, derechos, deberes y obligaciones que cumplir, al igual que a los hombres.

Es bueno conocer la historia, para no cometer los mismos errores del pasado y así poder replantear seriamente el lugar que le corresponde a la mujer, porque en el siglo XXI  el protagonismo es del género femenino. En conclusión: la mujer debe ser vista como Cristo ve a la Iglesia. La mujer es amada por Cristo y la mujer es Iglesia. La mujer es parte activa de la sociedad y debe ser valorada en todos los ámbitos y realidades de nuestra existencia.

“Si la  mujer está fuera del mundo, no hay salvación”

Samuel Alexander Torres Contreras

Mario Alonso Ceballos Cartagenas


[1] PLATON. La República. Barcelona: Altaya, 1993, “Libro V”, pág. 213- 270

[3] Ibíd. Recuerdosdepandora.com

[4] Nuevo diccionario de teología. Tomo II. Ediciones cristiandad, Madrid 1982. Pág. 1124-1125